Cuando pienso en personas bondadosas a las que pudiéramos considerar para La Revolución de la Bondad, siempre pienso en Taquis.
Taquis es mi hermana mayor y una de las personas más bondadosas que he conocido en mi vida. Sin embargo hoy no la puedo entrevistar para este artículo porque no puede hablarme. Tampoco podrá leer este artículo que escribo con enorme gratitud por su vida. Y por tenerla en la mía.
Y es que hace más de diez años Taquis comenzó a sufrir una enfermedad neurodegenerativa que hoy la mantiene postrada, en un estado de incomunicación casi total. No puede caminar, hablar, leer, ni valerse por sí misma. Apenas sabemos cuánto comprende de lo que sucede a su alrededor, aunque a veces la mirada a través de sus preciosos ojos azules parece revelarnos que sigue allí, presente
Estoy seguro de que, si pudiera hablar, accedería encantada a ser entrevistada para nuestro Blog, aunque lo haría con cierto rubor, porque además de bondadosa ha sido siempre una mujer extraordinariamente modesta. Un mujer fuera de serie, culta, inteligente, sencilla, de conversación interesante y con una bondad que irradia por todos sus poros.
Muchas veces me he preguntado qué sentido tiene que siga viva. No recuerdo haber conocido un proceso tan duro y doloroso como el que vive ella. He intentado imaginar lo que siente, cómo transcurren sus días en esa monotonía interminable. Dormir, despertar, existir, dormir. Y así, durante años… y no consigo comprenderlo.
La única respuesta que encuentro es que la Vida y el Buen Dios la siguen queriendo aquí, en este mundo tan necesitado de personas que sean luz. Y estoy seguro de que ella es una presencia luminosa. Como lo ha sido siempre. Quizá ahora de una manera distinta. Porque hoy Taquis no ilumina por lo que hace, ya no puede hacer prácticamente nada. Ilumina por lo que ES, por la belleza de su SER.
Durante su vida activa, uno de sus rasgos más extraordinarios fue la hospitalidad. Su casa estuvo siempre abierta. Le pregunté a Sandra, su hija, cuántas personas había hospedado su madre a lo largo de los años. No supo decirme. Muchísimas. Amigos, conocidos, desconocidos y otros que simplemente necesitaban un lugar donde quedarse. Creo que fueron más los días en los que había huéspedes en su casa que aquellos en los que había habitaciones disponibles. Porque llegar a casa de Taquis era mucho más que encontrar dónde dormir. Era llegar a un hogar. Siempre había una sonrisa, una copa de vino, una cena improvisada y sobre todo, alguien dispuesta a conversar y a hacerte sentir bienvenido.
Recuerdo el caso de Anita, una mujer suiza que, junto con su marido, necesitó ayuda para adoptar a dos niñas en México. Taquis se involucró completamente: trámites legales, acompañamiento emocional, solución de dificultades prácticas. Anita y su marido vivieron en su casa más de medio año y regresaron después en repetidas ocasiones. Y Taquis siempre los recibió con alegría y sobre todo con la mayor naturalidad. Porque para ella ayudar no era algo extraordinario.
Era su manera de vivir.
Al recordar su historia, comprendo que la bondad no consiste solamente en realizar buenas acciones. Es una manera de ser, de mirar a los demás, de relacionarnos con el mundo. Cada acto bueno que realizamos va dejando una huella en nosotros. Nuestras acciones se convierten en hábitos, nuestros hábitos en actitudes y nuestras actitudes van configurando nuestro corazón. Hasta que llega un momento en el que la bondad deja de ser algo que hacemos y se convierte en una expresión natural de lo que somos. Eso es lo que me reafirma Taquis. Durante muchos años hizo de la generosidad y de la acogida su manera de vivir, así que hoy, cuando ya no puede realizar aquellos gestos, sigue siendo para mí una expresión extraordinaria de bondad.
Hay, además, una paradoja profundamente conmovedora. Aquella mujer que acogió a tantas personas hoy necesita ser acogida. La que cuidó de tantos, hoy necesita ser cuidada. La que abrió su casa y su corazón, hoy depende completamente del amor de quienes la rodean. No quisiera idealizar su sufrimiento. Su condición es terrible y sigo sin comprender por qué tiene que vivir así. Pero su presencia me recuerda algo esencial: nuestra dignidad y nuestro valor no dependen de lo que podemos hacer, de nuestra utilidad o de nuestras capacidades si no de lo que somos y del amor que hemos sabido dar a lo largo de nuestras vidas.
Pienso también en todas las personas que pasaron por su casa. ¿Cuántas habrán aprendido de su generosidad? ¿Cuántas habrán reproducido con otros aquellos gestos que recibieron de ella? El bien tiene esa capacidad maravillosa de multiplicarse, mucho más allá de donde comenzó. Quizá esa sea una de las grandes lecciones de su vida, que al final, cuando nuestras capacidades desaparezcan, cuando ya no podamos hacer casi nada, permanecerá lo esencial: lo que hemos llegado a ser y el bien que hemos sembrado en los demás y el amor que supimos dar.
Al comenzar este artículo pensaba que no podría entrevistar a Taquis para La Revolución de la Bondad.
Ahora me doy cuenta de que, de alguna manera, sí lo he hecho.
No ha respondido con palabras. Ha respondido con su vida.
Y me ha recordado que la revolución de la bondad no consiste solamente en hacer más cosas buenas, sino en llegar a ser personas cada vez más buenas.
Como Taquis.
Mi hermana mayor.
Una mujer profundamente bondadosa, que sigue teniendo mucho que darnos.

