Cuando éramos niños, todo nos maravillaba.
Ahora que hemos crecido y se nos ha ido desvelando que muchas de las cosas que creíamos eran sólo producto de nuestra fantasía, hemos dejado de creer en la magia. Pero si lo pensamos bien y nos permitimos abrir nuestros ojos desde el corazón, podemos afirmar sin engañarnos que el mundo está lleno de magos ocultos, cuyo truco principal y principal talento, es hacer el bien.
Madrid es conocida como la ciudad que nunca duerme y, por eso, yo la entiendo como la ciudad de la luz. Hay tantos rascacielos que, de noche, iluminan el paisaje; farolas que alumbran las calles; bares que nunca cierran; carteles de neón que podrían deslumbrar. Y, sin embargo, ayer, sábado por la noche, creo que nada brillaba más que aquel pequeño local del barrio de San Blas.
Había una gran fiesta, como cada sábado. Durante tres horas, cincuenta niños y alrededor de quince voluntarios se sintieron profundamente acompañados. Y esa, sin duda, es la mejor muestra de magia que he visto.
La Asociación
La Asociación Comunidad de Promoción Familiar Nazaret nace de la mano de Teresa Rosingana Gómez, quien figura en internet simplemente como “una buena persona”. Conoció de primera mano la dureza del barrio de San Blas, pues residió allí parte de su vida. El distrito San Blas-Canillejas se sitúa al este de Madrid y es un barrio tradicionalmente obrero, habitado mayoritariamente por familias de clase media trabajadora con mucha mezcla cultural.
Si bien su situación ha mejorado con los años, sigue considerándose un barrio con desafíos, principalmente relacionados con el consumo de sustancias, agresiones o robos. Teresa, como residente, se enfrentó a situaciones difíciles: enfermedades, falta de trabajo y escaso apoyo social. En un momento de su vida, tras conocer al Padre Lorenzo Almellones, descubrió su capacidad para ayudar a otros. Fue entonces cuando, en 1977, fundó la Asociación Nazaret junto a un grupo de voluntarios, enfocándose principalmente en brindar apoyo escolar, solicitar recursos y ofrecer ayuda directa a los hogares que lo necesitaran.
Tras su fallecimiento, la fundación no cesó su actividad; al contrario, creció en gran parte gracias a la huella profunda que Teresa dejó en tantas personas. Hoy en día cuentan con seis proyectos sociales activos y más de cien voluntarios, entre ellos, el proyecto de Tiempo Libre Nazaret.
Tiempo Libre Nazaret
Frederick Douglass dijo una vez que es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres rotos. Desde la comodidad de un hogar seguro, parece una frase idealista. Pero mirando a los ojos a un niño pequeño que aún tiene toda su vida por delante, y sabiendo que todo lo que le digas influirá en quién será mañana, se convierte en un reto con cuenta atrás.
“Es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres rotos”.
Y es que, aunque Madrid sea una de las ciudades más desarrolladas en educación, seguridad y servicios, hay realidades que no deberían existir: niños que hablan del suicidio como si fuera algo trivial; que son amenazados con cuchillos en el baño del colegio estando apenas en el primer curso de secundaria; que intercambian golpes como si fueran parte de un juego; que conocen la droga antes de poder salir solos a la calle; que ven a sus padres consumir diariamente o que son víctimas de golpizas que dejarían a cualquiera en el suelo.
Uno no puede quejarse de cómo va el mundo si nunca se ha preocupado por mirar cómo se trata a los niños. Pero, tristemente, muchos vivimos ciegos a todo aquello que es incómodo de mirar. La idea del proyecto Tiempo Libre Nazaret se inspira en la pedagogía del colegio Corazonista de Madrid: creer en la posibilidad del otro incluso cuando él no puede, acompañar sin invadir, exigir desde el cariño y nunca rendirse.
Muchos podrían pensar que pasar solo tres horas a la semana jugando con alguien no cambia su vida.
Bueno, también pensaban muchos antes que la Tierra era plana.
Y es que esas tres horas pueden ser algo tan grande como la escapatoria de la soledad de un hogar vacío o abusivo. Tres horas presentes, lejos de las pantallas que solo evaden la realidad. Tres horas de escuchar: «¿puedes repetirlo pidiéndome bien?», y «por favor», y «gracias», y «¿cómo estás?», y «¿quieres contarme algo?». Tres horas en las que un grupo de jóvenes, con mil cosas que hacer, renuncian a su tiempo porque un niño lo vale, porque una niña les espera para compartir algo que ha estado preparando toda la semana.
Son tres horas de creer que hay algo más. Son tres horas de ser algo más. Y eso, sin duda, está lejos de ser mínimo.
Nazaret es un truco de magia. Como todo truco, para funcionar necesita ilusión, inocencia y simplicidad aparente. Pase lo que pase durante la semana, a Nazaret se llega con una sonrisa; si se empezara a ver como un coste, perdería todo su sentido. Finalmente, necesita un mago que sepa coordinarlo todo. Y aquí entra Candela.
El testimonio de Candela
Candela tiene veintidós años, una carrera recién terminada y una tenacidad que nadie sabe muy bien de dónde nace. Ingeniera en Organización Industrial, vive como cualquier joven de su edad: reparte su tiempo entre el primer trabajo, sus grupos de amigos, el equipo de baloncesto del que lleva años formando parte… y esos cincuenta niños cuyo sábado depende de que ella y sus compañeros decidan volver a elegirlos como lo más importante.
Nunca se es demasiado joven si uno es lo suficientemente decidido, y ese parece ser su motor. Desde primero de carrera ha sido responsable de que Tiempo Libre Nazaret salga adelante. Invitada por su tía, se atrevió a tomar la dirección del voluntariado como una forma de poner en práctica lo que aprendía en la universidad sobre organización de proyectos y personas. Pero, poco a poco, sin darse cuenta, dejó de ser algo que debía encajar en su vida para convertirse en aquello alrededor de lo que todo lo demás debía cuadrar. No dudó en decir que sí, aunque al principio sentía que le venía un poco grande. Ese atrevimiento fue, sin duda, la primera chispa.
“Creo que es clave atreverse a decir que sí, aunque te dé miedo”.
Aceptar hacer algo grande suena bien; hacerlo es mucho más complicado. Conlleva escuchar por primera vez esa pequeña voz, a veces molesta, que nos pide una y otra vez que despertemos. Esa voz surge de lo más profundo, de nuestra verdad: fuimos hechos para darnos a los demás. Y eso sucede independientemente de las creencias o valores de cada uno; está escrito en la condición de ser humanos. Diferentes enfoques, diferentes motivaciones, un mismo fin: hacer del mundo un lugar mejor. En el caso de Candela, esa voz nace de su fe.
Candela describe su camino de encuentro con Jesús como algo lento, que comenzó con una fe heredada y grupos de parroquia que no terminaban de llenarla, hasta llegar a donde está hoy: convencida de que ha sido creada para ser eco de Dios. Su experiencia más intensa llegó durante una Pascua vivida junto a su grupo de amigos del colegio. Según sus palabras, “algo nació en nuestros corazones; esa certeza que había visto en mis abuelos y en mis padres empezaba a cobrar sentido también en mi vida”.
“Algo nació en nuestros corazones; esa certeza que había visto en mis abuelos y en mis padres empezaba a cobrar sentido también en mi vida”.
A partir de ese momento, Nazaret cobró un sentido completamente distinto para ella, para el resto de voluntarios y para los propios niños. Ya no es un lugar al que los jóvenes van a «darse», sino que la mayoría coinciden en que la verdadera identidad de las actividades reside en el recibir.
El «efecto Nazaret», como podríamos llamarlo, es doble:
A los niños les devuelve su infancia. A los jóvenes les limpia los ojos de la ceguera del crecer.
Muchos voluntarios provienen de zonas «buenas» de Madrid: ambientes cuidados, vidas tranquilas, burbujas quizás un poco cerradas. No tiene nada de malo, realmente. Pero, a veces, es el privilegio lo que nubla la mirada. El desconocimiento puede hacer que se piense que odiar a un colectivo completo es válido solo por prejuicios heredados; que creerse superior es un derecho. Sin darse cuenta, es fácil dormirse en la comodidad y no salir de ella.
Por suerte, es mucho más fácil despertar. Basta con mirar a uno de los niños de Nazaret a los ojos y guardar su mirada en algún lugar del inconsciente. Sucede casi sin querer. Porque entonces, cuando uno piensa en hacer un juicio, es su risa la que recuerda, es ese abrazo fuerte el que siente el corazón, es su miedo, su dolor o aquello que ha confesado asustado, lo que queda guardado. Y, casi siempre, se verá incapaz de terminar la frase.
“Creo que es clave educar la mirada para poder reconocer ciertas realidades y poder hablar desde ahí.No dejarnos llevar por lo que digan los demás y educar con la mirada puesta en todas las realidades de nuestro mundo”.
Además de Candela, Nazaret sigue adelante gracias a las manos de todos esos jóvenes que, cada semana, se convierten en instrumentos del Bien. Chicos de entre dieciocho y veinticinco años, normales, con sus propias vidas, sin demasiados conocimientos en educación o psicología, pero con un deseo profundo de ayudar. Y eso, unido a la imagen de un niño que les espera frente al local con una sonrisa —a veces grande, a veces casi oculta, pero siempre expectante—, les recuerda el porqué incluso cuando las ganas de ir faltan.
Porque uno no puede hacer más que poner los medios. El resto es cosa de dejarlo a la magia.

