Al día siguiente, la criada corrió alarmada hacia el obispo: —¡Monseñor! El hombre de anoche se ha escapado. ¡Nos robó la platería!
El obispo permaneció un momento silencioso y contestó con dulzura: —¿Andaba yo reteniendo injustamente esa platería? Pertenecía a los pobres. ¿Quién es ese hombre? Un pobre, evidentemente.
Momentos después, mientras desayunaban en silencio, golpearon a la puerta. Tres gendarmes traían a Jean Valjean cogido del cuello.
Al ver al obispo, Jean Valjean levantó estupefacto la cabeza: —¡Monseñor! —murmuró—. ¡No es el cura! —Silencio —dijo un gendarme—. Es el señor obispo.
Monseñor Bienvenido se acercó a ellos: —¡Ah, habéis regresado! —dijo mirando a Jean Valjean—. Me alegro de veros. Os había dado también los candeleros, que son de plata, y os pueden valer también doscientos francos. ¿Por qué no los habéis llevado con vuestros cubiertos?
Jean Valjean miró al obispo con una expresión que no podría pintar ninguna lengua humana. El gendarme, confundido, preguntó: —Entonces, ¿podemos dejarlo libre? —Sin duda —dijo el obispo.
Los gendarmes lo soltaron. Jean Valjean, temblando de pies a cabeza, parecía hablar en sueños: —¿Es verdad que me dejáis?
—Amigo mío —dijo el obispo, tomando los dos candelabros de plata de la chimenea para entregárselos—, tomad vuestros candeleros antes de iros. Ahora, id en paz. Y a propósito, cuando volváis, es inútil que paséis por el jardín. Podéis entrar y salir siempre por la puerta de la calle. Está cerrada sólo con el picaporte noche y día.
Fragmento extraído de Los Miserables, de Víctor Hugo
Existe una teoría implícita en el testimonio de Beatriz: la bondad no es un don innato, sino un regalo que se transmite y se multiplica. No es fácil —de hecho, es casi imposible— ser generoso con los demás cuando nadie ha sido generoso con uno antes. Pero, de la misma manera, una vez que se aprende a actuar con generosidad, resulta difícil contener esos gestos. La lógica parece sencilla: aprender a amar para poder amar a otros.
En el caso de Beatriz Alessio, ese aprendizaje llegó pronto, en el seno de una familia donde creció bajo el lema de «dar a otros lo que se te ha dado gratuitamente». A partir de esa convicción ha ido edificando una vida que demuestra que la bondad no tiene por qué expresarse a través de gestos grandiosos o estruendosos. Más bien, se manifiesta en la perseverancia cotidiana de quien se esfuerza por sembrar esperanza allí donde muchos, a simple vista, sólo alcanzan a ver tierra árida.
La historia de Beatriz
Beatriz es teóloga, maestra en bioética y actual presidenta del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), pero a veces sería más fácil referirse a ella como una simple “hacedora del bien”. Desde pequeña aprendió en su casa, de la mano de sus padres y sus hermanos, que una parte del tiempo, los ingresos e incluso el espacio propio deben ser donados a los demás. Y parece ser que lo incrementó como si se tratase de la lección más fundamental; no es que la bondad deba ocupar gran parte de la vida, sino que debe ser el centro hacia el que todo lo que uno hace se dirige. Al hablar con ella, resulta difícil hacer un recuento de todos los proyectos que ha impulsado, en los que ha participado o en los que ha ayudado alguna vez. Y entre todos ellos, parece haber un rasgo común; aprender a ver lo que necesitan aquellos que nadie se detiene a mirar.
Además del aprendizaje familiar, hay otra fuente de luz que impulsa las acciones de Beatriz: su fe en un Dios que es misericordioso sin medida. Un Dios que no envía pruebas ni castigos, sino que camina y sufre con nosotros en los momentos difíciles y de pérdida. Ella lo ha experimentado en carne propia, cuando ha vivido pérdidas que le han tocado profundamente. Si uno confía por completo en dicha imagen de Dios es complicado no quererla llevar a otros, para que sientan al menos unas caricias de lo que es ese amor interminable.
“Porque los humanos tratamos de ser medio bondadosos, pero bueno, a veces nos cuesta. Pues cuando has experimentado la misericordia sin medida y la bondad sin medida, también de Dios, pues, es mucho más fácil entender cuál es la medida del amor, que es infinita”.
Beatriz creció en la ruidosa, incansable e indomable Ciudad de México, una urbe de profundos contrastes donde la desigualdad social se manifiesta de forma constante. Allí, la cercanía cotidiana con realidades tan dispares hace difícil permanecer indiferente ante el sufrimiento ajeno, incluso cuando uno ha tenido la fortuna de crecer sin carencias. Sin embargo, también puede ocurrir lo contrario: que el dolor y la pobreza terminan por normalizarse, y que la pasividad se convierta en la respuesta habitual de quienes llegan a convencerse de que nada de lo que hagan podrá cambiar esa realidad.
Por suerte, Beatriz nunca fue de las segundas.
Cuenta con especial orgullo un proyecto que, quizás no ha sido el más ruidoso, o más mediático, y que aun así, ha transformado cientos de vidas. El proyecto Mañú Mañú.
Mañú Mañú
Xochitepec es un rincón cálido de la Sierra de Guerrero en donde la tierra parece encenderse bajo el sol y el aire denso envuelve calles tranquilas y vegetación abundante. Entre paisajes abiertos y vida apacible, el tiempo se percibe más lento, como si el lugar respirara con su propio ritmo, sereno y constante. Sin embargo, como muchas zonas indígenas del país, es una de las zonas (mep’phaa) con mayor rezago y desigualdad de México. En Xochitepec, alrededor del 61.2% de la población vive en condición de pobreza, y el 8.8% en pobreza extrema. Entre las principales carencias destacan la falta de seguridad social en cerca del 70% de la población, el acceso limitado a servicios de salud para entre el 20% y el 35%, el rezago educativo que afecta a aproximadamente una quinta parte de los habitantes, y las deficiencias en vivienda y servicios básicos como agua, drenaje o espacios adecuados. Con la llegada de la pandemia en 2020, la educación se vio aún más afectada, pues las pocas escuelas en funcionamiento carecían de ordenadores, profesores o infraestructuras para poder dar clases a los alumnos. Es por ello que fue la misma comunidad de Xochitepec la que solicitó ayuda para impulsar una iniciativa que permitiese continuar la educación de sus niños.
De ahí surgió el nombre de Mañú Mañú; Pasito a pasito. Más que una formación compleja y especializada, el proyecto busca la comprensión lectora genuina, la posibilidad de realizar operaciones aritméticas básicas y el desarrollo de habilidades blandas (autoestima, juicio crítico). Es decir, ayudar a que la población pueda tener la libertad de gestionar sus cuentas, sus decisiones y sus procesos aprendiendo competencias básicas para la vida en sociedad.
Por otro lado, también ha servido para conocer más a las comunidades nativas de la región, de las que Beatriz señala que se puede aprender mucho. Al conocer a la comunidad e intentar insertarse en ella —algo siempre complejo cuando uno no vive ahí ni forma parte de su cotidianidad— comenzó a comprender su cosmovisión y su manera particular de entender la vida. Descubrió una existencia profundamente comunitaria, donde los niños pertenecen a todos, y donde las creencias religiosas y las tradiciones indígenas se entrelazan con el catolicismo en una misma forma de espiritualidad vivida día a día. En ese proceso se van entendiendo sus rituales, presentes en lo cotidiano, como parte inseparable de su forma de existir en el mundo. Desde esa experiencia, surge también el valor del vínculo: el reconocimiento mutuo, la cercanía y la comprensión como generadores de bondad y de transformación. En ese sentido, incluso las acciones pequeñas adquieren sentido cuando están sostenidas por una intención profunda de encuentro y relación.
“Y para mí lo más importante de este proyecto es justamente el vínculo, que los lazos promueven. Son generadores de bondad, ¿no? Entonces, en la medida en que nos vinculamos, los conocemos, nos miramos, nos vamos comprendiendo, pues la educación se promueve, la vida se promueve, etcétera, ¿no?”.
Y la clave de Mañú Mañú ha sido justamente esa; no se ha formulado como una ayuda sin fin lucrativo impuesta por un grupo de privilegiados a una población que no sabe lo que le conviene, sino que, al contrario, ha surgido como un proyecto de colaboración y aprendizaje mutuos, ofrecidos de igual a igual.
CAFEMIN
Otro proyecto del que Beatriz se siente profundamente orgullosa es su trabajo en el Albergue CAFEMIN. Este es un albergue ubicado en la Ciudad de México que brinda atención y refugio principalmente a mujeres migrantes, muchas de ellas acompañadas por sus hijos, que atraviesan el país en situación de vulnerabilidad. Su labor se centra en ofrecer un espacio seguro donde puedan descansar, alimentarse y recibir acompañamiento integral durante su tránsito o proceso migratorio. Es coordinado por las Hermanas Josefinas, las cuales dedican su vida a sanar, más que dolores físicos, heridas que portan todas esas personas que deben huir de sus casas, cargando historias que son mucho más pesadas que sus mochilas.
Sin embargo, la ayuda de Beatriz en CAFEMIN no es tan convencional, en el sentido que no acude al albergue para asistir a los migrantes en primera instancia. Más bien, se dio cuenta de que había un fallo en el funcionamiento del sistema de acogida; las hermanas trabajaban constantemente impregnadas por el dolor y el sufrimiento de los viajeros, pero no tenían un lugar en donde desahogarse, o sobre el que vaciar todo lo que llevaban dentro. Su labor se convirtió en algo tan sencillo y profundo como ir a tomar un café con ellas, escucharlas, abrazarlas y compartir su carga emocional. Una forma de bondad oculta, algo que casi nadie vería, y que sin embargo, permite el funcionamiento de una red sobre la que muchas personas pueden llegar a apoyarse.
“Yo pensaba: la presencia de Dios también está en los abrazos, en la escucha del otro y en la capacidad de compadecernos de quienes cuidan, de esos que a veces se llevan unas friegas bien fuertes.”
Así que, cuando uno le pregunta a Beatriz, tras escuchar todos los revuelos en los que está metida, cuál es la clave para el servicio, salen tres competencias que resaltan sobre todas las demás:
En primer lugar, la contemplación. La recuerda tras haberla aprendido de su mentor, Juan Molina, Misionero del Espíritu Santo, que le dijo; “Esta semana no vas a hacer nada; solo vas a mirar y contemplar… aquí no se hace nada sin que ellos quieran”. Le había dicho, insistiendo en una regla esencial del lugar: aquí nada se hace sin que la comunidad lo quiera. Ese mandato inicial la obligó a frenar cualquier impulso de acción inmediata, a dejar de lado la urgencia urbana de querer resolverlo todo desde el hacer. En su lugar, aprendió a observar, a escuchar y a comprender antes de intervenir, reconociendo que la verdadera entrada a la comunidad no comienza con la acción, sino con la humildad de la contemplación.
En segundo lugar la idea de que los proyectos sociales sostenibles no se construyen en soledad, sino en colectivo. Deben sostenerse desde una lógica circular y horizontal, donde no existen jerarquías rígidas, sino confianza mutua y corresponsabilidad. Trabajar así implica reconocer al otro como parte esencial del proceso, aprender a ceder el protagonismo y a “pasar la estafeta”, entendiendo que el impacto real no pertenece a una sola persona, sino al entramado de quienes participan y se sostienen entre sí.
Es evidente que el contraste entre distintas realidades muestra la existencia de “burbujas” desde las que se interpreta el mundo: algunas, marcadas por el privilegio, tienden a encerrarse en la queja; otras, atravesadas por la desigualdad, desarrollan formas profundas de resiliencia. Al hablar con Beatriz sobre esto, recuerda la idea de Aung San Suu Kyi —“Si te sientes desconsolado, ayuda a alguien”— una frase simple, que engloba una salida transformadora.
“Si te sientes desconsolado, ayuda a alguien”.
Aung San Suu Kyi
Los actos de bondad funcionan como pequeñas “tiritas” que alivian tanto a quien las recibe como a quien las realiza, generando efectos que se expanden como círculos en el agua. Así, la bondad no es sacrificio vacío, sino una forma de alegría compartida que hace la vida más amable para los demás y para uno mismo.

