03. Mario: cuando ayudar se convierte en un lugar al que pertenecer.

Nos enteramos de la historia de Mario casi por casualidad, en una sobremesa tranquila en la que cada uno compartía qué le gustaba coleccionar. Algunos hablaban de libros antiguos, otros de vinilos, de sellos o de recuerdos de viajes. Mario, con naturalidad, comentó que coleccionaba objetos relacionados con el mundo de los bomberos: recuerdos, insignias, fotografías, pequeños símbolos de un universo que le apasiona.

Nos sorprendió. No es una afición habitual.

Al preguntarle un poco más, la conversación tomó otro rumbo. Su mirada, transparente y serena, se iluminó levemente. Entonces entendimos que no hablábamos de un simple coleccionismo. Descubrimos que lo que Mario realmente atesora no son solo cascos o insignias, sino una vida dedicada al servicio de su comunidad.

La historia de Mario

Mario tiene 36 años. Nació y ha radicado siempre en Weilheim an der Teck, un municipio del distrito de Esslingen en el estado alemán de Baden-Wurtemberg, al suroeste de Alemania.

Desde pequeño ha disfrutado del campo, del trabajo manual en la granja. Estudió un programa dual en mecatrónica y trabaja en una empresa muy grande de tecnología que tiene sus oficinas centrales en la misma región. Allí desempeña funciones gerenciales y de liderazgo, haciéndose cargo de un equipo de 12 personas en el área de desarrollo de nuevos productos.

Es un hombre tranquilo, sonríe con facilidad, escucha con atención y transmite en todo ello esa calma de quien está cómodo consigo mismo. Tiene dos hermanos, ocho y diez años mayores que él. Ambos son también bomberos voluntarios desde hace muchos años. Su padre también lo fue. Más que una tradición formal, es una forma de estar en el mundo que ha pasado de generación en generación.

Con 12 o 13 años ingresó al grupo juvenil de bomberos voluntarios. Esto ha sido siempre una parte fundamental de su vida. Cuando entró, conocía ya a varios voluntarios. Era un entorno familiar, cercano. Pero con el tiempo, esa pertenencia se transformó en algo más profundo, en algo muy relacionado con el sentido que él ha querido dar a su vida.

Un “hobby” no tan común

Cuando le preguntamos qué sentido tiene para él dedicar su tiempo libre a esta actividad, no duda: habla del fuerte sentido de comunidad con sus compañeros. De saber que, cuando suena la alarma, hay un grupo de personas que confían unas en otras. Y habla, sobre todo, de poder hacer algo que ayuda a otros. Ayudar en lo que la gente más necesita. Ayudar a su gente, la gente del pueblo, que son como su familia. “En muchas de las incidencias que atendemos hay involucradas personas de mi pueblo, gente conocida, gente a la que aprecio. Y poder estar allí y echar la mano es algo que me llena de sentido”.

“En muchas de las incidencias que atendemos hay involucradas personas de mi pueblo, gente conocida, gente a la que aprecio. Y poder estar allí y echar la mano es algo que me llena de sentido”.

La mayoría de las intervenciones son sencillas. Incidencias técnicas, árboles caídos, gatos que han subido a la copa de un árbol, pequeños accidentes. Pero hay ocasiones en las que hay vidas en peligro y la propia vida se pone en juego. Y en esos momentos, su ayuda se vuelve esencial.

Mario siempre lleva consigo un dispositivo de alarma que le avisa cuando hay una emergencia. A veces tiene que salir de su trabajo. A veces es de noche. Su grupo es responsable de un tramo de carretera; atienden accidentes, rescates, salvamentos. En su pueblo se registran entre 100 y 180 incidencias al año. No lo llaman a todas, quizá a la mitad. Pero vive en alerta disponible.

24/7 al servicio de los demás.

Una parte esencial de su vida

Dedica tiempo a entrenamientos un par de veces al mes. Además, es instructor de jóvenes aspirantes a bomberos, chicos y chicas entre 11 y 17 años. Cuando habla de ellos, su sonrisa se hace más grande, su rostro se hace más radiante. Dice que le emociona ver la ilusión y el brillo en los ojos de los niños. Es quizá la parte que más disfruta. Poder acompañarlos en ese descubrimiento del servicio como opción de vida le llena especialmente.

Actualmente es líder de grupo. Puede dirigir a un equipo completo y la actividad de un vehículo. Liderar, para él, no es mandar. Es estar atento. Es cuidar. “Nunca realizamos una misión solos. Al menos vamos dos compañeros y constantemente nos cuidamos uno al otro”.

“Nunca realizamos una misión solos. Al menos vamos dos compañeros y constantemente nos cuidamos uno al otro”.

Le preguntamos qué es lo más gratificante. No habla de heroicidad. Habla de humanidad. De cuando, en mitad de la noche, tras atender una incidencia, vecinos del pueblo se acercan con café, té o algo de comer. Pequeños gestos de gratitud que sostienen.

Aquello que da sentido

Le preguntamos qué le faltaría si no tuviera esta actividad. Piensa un instante y responde: “Un lugar o un espacio en donde poder hacer algo por otros”. Y añade que también echaría de menos la camaradería.

“Me faltaría un lugar o un espacio en donde poder hacer algo por otros”. 

En una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, donde pareciera que cada uno debiera de ocuparse sólo de sí mismo, la historia de Mario nos recuerda algo esencial: todos necesitamos un lugar donde nuestra energía se convierta en servicio. Donde nuestras capacidades se transformen en ayuda concreta. Porque todos necesitamos de todos. Somos parte de la misma humanidad.

Antes de terminar, le preguntamos qué le gustaría decir a quienes lean este artículo. Su respuesta es sencilla y poderosa:

“Busca un lugar en donde puedas ayudar. Experimenta hasta que encuentres el lugar adecuado. Tu lugar. Es fantástico experimentar la gratitud de aquellos a quienes echas la mano.”

Y, casi con timidez, concluye que él no siente estar haciendo nada especial. “Somos muchos los que hacemos cosas. Yo soy solo uno más.”

Quizá ahí reside el arte de visibilizar la luz. No en magnificarla, sino en reconocerla. En darnos cuenta de que la bondad cotidiana —esa que no se anuncia— sostiene pueblos, comunidades y vidas enteras.

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