Las enfermedades del cuerpo, bueno, esas hay que dejarlas a los médicos. Pero las del alma… Las del alma son las que nos corresponde curar a nosotros.
Cualquiera diría que, en un hospital, lo que más duele son la sangre, las heridas profundas, los traumatismos graves. Nadie imaginaría que, en medio de tanta agonía, hay un dolor que no se ve y que, a veces, es el que más pesa: el del alma.
Hasta que alguien se detiene a mirarlo.
Erika llegó al Instituto Nacional de Pediatría casi por casualidad. Su marido era piloto y, cuando sus hijos empezaron el colegio, ella se encontró de pronto con mucho tiempo libre entre las manos y ningún lugar donde emplearlo. Un día, una antigua profesora del colegio la invitó a colaborar como voluntaria en el hospital.
Y así, casi sin darse cuenta, lo que en principio iba a ser una experiencia de apenas un par de jornadas terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: en una vocación, en un propósito, en una razón de vida.
El Instituto Nacional de Pediatría es un hospital de tercer nivel de atención situado en Ciudad de México, especializado en enfermedades infantiles complejas. Hasta allí llegan miles de niños cada año, muchos procedentes de comunidades rurales y zonas montañosas donde los recursos sanitarios son escasos o, sencillamente, inexistentes.
Llegan desde lugares donde las distancias no se miden solo en kilómetros, sino también en oportunidades. Algunos no saben leer ni escribir; otros ni siquiera hablan español. Y sus familias llegan con ellos cargadas de miedo, incertidumbre y preocupación. Para muchas, es la primera vez que se encuentran en la capital. La primera vez lejos de casa, de lo conocido, de todo aquello que les resulta familiar.
Y entonces se encuentran frente a un hospital inmenso, abrumador, lleno de pasillos, puertas, uniformes y palabras que no siempre comprenden. Un lugar al que llegan buscando respuestas, pero que, al principio, puede resultarles tan extraño como amenazador.
Es ahí, precisamente ahí, donde empieza a hacer falta algo más que la medicina.
Desde pequeña, Erika había sentido que la gente acudía a ella. Que, de alguna manera, encontraban en ella un lugar donde descansar, donde tomar aire, donde permitirse un respiro.
Siempre había pensado que era una característica más de su personalidad. Una forma de ser, sin más.
Nunca se había parado a pensar que quizá no era solo eso; un simple atributo. Que no era una cualidad.
Era una misión. Su misión.
Acompañar.
Se dio cuenta que aquel era su sitio gracias a una sonrisa. Quizás suena cliché, demasiado romántico, pero verdaderamente fue así.
Hace unos 35 años, cuando entraba habitualmente por el área de urgencias del hospital, vio una escena que ya empezaba a parecerle cotidiana: un padre intentaba bajar a su hijo adolescente del coche y colocarlo en una camilla estrecha. Hacía frío y la situación era complicada; la camilla era inestable, el cuerpo del chico era frágil… La madre observaba angustiada, temiendo que su hijo se cayera y sin saber qué iba a suceder una vez cruzasen las puertas.
Erika, por alguna razón, no podía quitarles los ojos de encima, y sin poder hacer nada más, miró a la madre y sonrió, transmitiéndole que estaba allí con ella y que comprendía su angustia. «De aquí estoy y te estoy viendo, estoy contigo».
Después siguió con su trabajo y no volvió a pensar demasiado en aquel encuentro hasta que, unos días más tarde, la madre la reconoció en el hospital y se acercó a ella para decirle que aquella sonrisa había hecho la diferencia, había significado todo.
Había sanado algo por dentro, algo que nadie había reparado en lo quebrado que estaba.
«Verdaderamente, dije, yo de aquí soy, para esto nací yo».
«Verdaderamente, dije, yo de aquí soy, para esto nací yo».
Así comenzó Erika su labor en el hospital: primero, de la mano de una fundación; después, por cuenta propia, siguiendo ese impulso que la había llevado hasta allí.
Cada día recorre una zona distinta del hospital. Urgencias, quirófano, cuidados intensivos… Y en cada lugar, su labor cambia.
«Solamente es estar para darte, para entregar lo mejor de ti, sea cual sea la situación».
«Solamente es estar para darte, para entregar lo mejor de ti, sea cual sea la situación».
A veces, basta con acompañar un rato a un niño pequeño, cantarle una canción y sostener su mano hasta que se queda dormido antes de entrar a quirófano.
Otras veces, se sienta a conversar con los adolescentes ingresados en la UCI. Les pregunta por sus amigos, por sus intereses, por las cosas que les gustan.
Y muchas otras veces, su labor no consiste en acompañar a los pacientes, sino a quienes esperan fuera de las habitaciones. A sus familias.
A esas madres que ven cómo se llevan a sus hijos sin entender adónde van, qué les van a hacer ni cuándo podrán volver a tenerlos entre sus brazos. Madres que, perdidas entre palabras médicas, pasillos desconocidos y un miedo que apenas les permite pensar, necesitan que alguien se acerque, que les explique, que las escuche.
Que les mire.
Que les sonría.
Que les devuelva un poco de calma cuando todo a su alrededor parece escapar de su control.
Y también a esos padres que han crecido en entornos hostiles, que han aprendido a callar, a resistir, con una enorme dificultad para expresar lo que sienten, que deciden mantenerse firmes antes que mostrarse vulnerables.
A ellos, Erika les propone algo que puede resultarles mucho más difícil de lo que parece: aprender a estar ahí para sus hijos.
«Acérquese, háblele, dígale; y entonces el papá le decía, “este, mi hijita”… No, háblele fuerte. Dígale, que aquí está, que no la va a dejar, que ahorita va a pasar, que sea fuerte».
El trabajo crea vínculos. Y Erika no parece tener miedo de involucrarse demasiado.
Da su número de teléfono. Escribe para preguntar cómo siguen las cosas, cómo evoluciona un niño, cómo está una familia cuando pasa el tiempo. Hay personas con las que, muchos años después de aquel primer encuentro en el hospital, sigue manteniendo el contacto.
Porque acompañar, para ella, no termina cuando acaba la jornada.
Pero no siempre las cosas salen bien.
Sí, el hospital está lleno de milagros. De niños que se recuperan, de familias que vuelven a casa, de vidas que recuperan su rumbo. Pero también está lleno de dolor. Y hay niños que nunca llegan a cruzar sus puertas para regresar a sus lugraes de origen, a sus hogares.
Y, sin embargo, incluso en esos momentos en los que el dolor parece ocuparlo todo, a veces aparece una luz inesperada.
Erika recuerda una ocasión en la que llegaron al hospital los padres de una niña a la que su fundación había apoyado económicamente. Se acercaron para darle a Erika una noticia. Querían decirle que la niña ya estaba bien.
Al escucharlos, Erika sintió una alegría inmensa. Una niña más que salía adelante. Una vida más salvada, una nueva oportunidad llena de posibilidades.
El padre sonrió. «No, ya está bien, porque ya murió y trascendió».
Por un instante, aquellas palabras debieron de contener dos realidades difíciles de conciliar: la pérdida de una niña y la paz de unos padres que encontraban consuelo en la idea de que su hija había trascendido.
Y Erika comprendió algo que, quizá, solo se aprende después de acompañar de cerca el dolor ajeno: que había llegado al hospital creyendo que era ella quien tenía algo que dar. Su tiempo, su escucha, su presencia, su capacidad de acompañar.
Y, sin embargo, una y otra vez, terminaba recibiendo mucho más de lo que jamás habría imaginado poder ofrecer.
«Es una profunda alegría y satisfacción de que pudiste estar ahí un rato con alguien que necesitaba un tiempito de ti».
«Es una profunda alegría y satisfacción de que pudiste estar ahí un rato con alguien que necesitaba un tiempito de ti».
A Erika, el hospital le ha enseñado a mirar, no solo ver. Que no sabemos lo que otros están viviendo, pero que una sola sonrisa es capaz de aliviar heridas que muchas veces nadie ve; esas que aparentemente no sangran, pero sí generan infinidad de lágrimas.
«Me acerco más fácilmente a las personas. ¿Por qué negarle un saludo a una persona?».
De la mano de eso, ha donado sangre más de 70 veces. Teniendo un grupo sanguíneo especialmente escaso en México, Erika lo convirtió en un rasgo más de sí misma.
La periodicidad de darse a los demás.
Porque para ella, eso son las donaciones; dar parte de sí misma a otros para que puedan seguir viviendo.
Ser VIDA.
Y a veces, para darle vida a alguien, para sanarlo, para traerlo de vuelta al mundo, lo que realmente resulta de ayuda es tan solo una mirada.
Que diga; “estás aquí, te veo”. Que no quiera buscar y conocer principalmente daños físicos, sino que busque abrazar al alma.
Todo eso se consigue con no apartar los ojos.
«Detenerse a mirar al que está junto a ti».
«Detenerse a mirar al que está junto a ti».
No pasar de largo, intentar comprender lo que el otro está viviendo y transmitirle, mediante una sonrisa o una mirada compasiva, que no es invisible. Que es importante.
Así es como se sana un alma.
Lo demás, es cosa de los médicos.

